Cristian Fernando Guevara Hincapié (Colombia) – Enigma

Ese antiguo cántico infantil alemán se repetía en la mente de una joven de cabello plateado, cortado en estilo pixie, lo suficientemente corto como para dejar al descubierto un código de barras tatuado en la nuca.

3/26/2026

Mimeógrafo
#154 | Marzo 2026

Enigma

Cristian Fernando Guevara Hincapié
(Colombia)

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“Summ, summ, summ. Bienchen summ herum! Ei, wir tun dir nichts zu leide. Flieg nur aus in Wald und Heide. Summ, summ, summ. Bienchen summ herum!”, canción infantil alemana de 1835 de August Hoffmann.

Ese antiguo cántico infantil alemán se repetía en la mente de una joven de cabello plateado, cortado en estilo pixie, lo suficientemente corto como para dejar al descubierto un código de barras tatuado en la nuca. En el brazo izquierdo llevaba otro tatuaje: un código alfanumérico que decía F02.

Sus ojos, de un verde esmeralda penetrante, contrastaban con una piel tan blanca como un cielo cubierto, sin sol. Descalza, avanzaba con pasos inciertos por la calle de un pequeño pueblo sureño, a un costado de la carretera interestatal 75. Vestía apenas una bata de hospital que colgaba de su cuerpo como una prenda prestada.

Los transeúntes se detenían a su paso para observarla, atrapados entre la curiosidad y una incomodidad malsana, incapaces de decidir si aquello que veían era una joven perdida… o algo que no debía estar ahí.

Su estómago rugió con violencia, como una bestia hambrienta. Se acarició el abdomen con ambas manos, y un gesto de desesperación surcó su rostro. Entonces sintió un aroma tentador en el aire, avivando su hambre y provocándole una salivación incontrolable igual que un perro condicionado. Miró en derredor, hasta que sus ojos se posaron en un carrito de comida con techo de lona, del que emanaban vapores deliciosos y calientes. Caminó hacia él. Sobre la parrilla chisporroteaban unas salchichas, humeantes, doradas, como una promesa de alivio.

Quien atendía el sitio de comidas, hombre corpulento, y barbado como los leñadores del pasado, oteó a la joven mujer de arriba abajo, con cierto desaire, y habló:

—¡¿Acaso te escapaste de un hospital…?!

—¡Comida! Necesito comida —respondió la mujer con determinación férrea. Señaló las salchichas en el asador.

—¡¿Eh?! Pues te daré comida… si tienes dinero… —arqueó la ceja derecha—. ¿Tienes dinero?

—¿Dinero?, no. Dame, comida. Comida.

—Eh… Perdón, pero no puedo darte comida sin dinero. No hago trabajos de caridad. Tengo una familia que mantener.

—¡Comida, ahora!

—Señorita, no. Ya le dije que no puedo.

Mientras el vendedor hablaba, la mujer se acercó y entonces lo tocó con su mano derecha.

—Si no te alejas llamaré a la… —alcanzó a mencionarlo antes de que la mujer lo tocara. Entonces exhibió, por un instante, violentos espasmos. Pero nunca cayó al suelo.

—Dame comida… —insistió.

—Por… Por supuesto señorita —respondió el hombre en un cambio abrupto de actitud, sonrió y empezó a preparar un hotdog—. ¿Querrá su hotdog con todas las salsas?

—¿Salsas?

—Puedo recomendarle la salsa de tomate y mostaza —expresó sonriente mientras colocaba la salchicha en el pan—. Tienen un sabor entre dulce y picante.

—Sí, tomate y mostaza.

El hombre terminó la preparación y entregó el perro caliente a la mujer, deliciosamente humeante, quien empezó a devorarlo con un hambre voraz. Comió de la forma más burda posible, atragantándose, y manchándose el rostro y la bata de hospital con las salsas y la grasa.

—¡Más! —solicitó de nuevo tan pronto terminó de comerse el primero que le había dado. Entre tanto se relamía los dedos, cada uno, despacio.

El vendedor, ahora con gesto alegre, contrario de su actitud original, preparó y entregó otro hotdog.

Mientras la mujer terminaba de comerse su segundo hotdog, parqueó cerca una patrulla: Dodge Charger Pursuit 2021.

Llegó una joven oficial de policía que preguntó con una prontitud detectivesca:

—Señorita, ¿está bien?

La mujer asintió de manera casi instintiva, sin girarse o retirar la atención de la comida.

La oficial de policía, movió su cuello hacia un costado, demostrando inquietud.

—Parece que usted… salió de un hospital —habló mientras oteaba a la mujer. Quiso corroborarlo—: ¿Salió de un hospital?

—No… —contesta la mujer atarugada. Procedió a explicarlo con la boca llena—. Caja grande, acolchada. Luces blancas. Gente mala. Gritos.

—¿Caja grande? ¿Luces blancas? ¿Gente mala? ¿Gritos…? —repitió inquisitiva la oficial, quien colocó gesto afilado, arqueando la ceja izquierda, mientras analizaba con enorme detalle la vestimenta de la mujer—. Pareces estar describiendo una institución mental. ¿Saliste de una institución mental?

—No… No sé qué era ese lugar —miró a la oficial.

—¿Te daban medicamentos? ¿Píldoras? —preguntó después de rascarse el mentón.

—¿Píldoras?

—Sí, pastillas, medicamentos… —hizo un gesto de tragar.

La mujer empezó a recordar que siempre le daban a tomar unas píldoras, azules y rojas. Las azules que el señor Nammi, custodio del lugar, llamaba fármacos inhibidores.

—Pastillas azules. Inhibidores.

—¿Oh…? —expresó la policía—. Medicamentos psiquiátricos, supongo. No, no es de suponer… seguramente serían medicamentos psiquiátricos.

La oficial tomó la radio de su cinturón y empezó a comunicarse:

—Aquí Watson, central. Tengo una paciente psiquiátrica que escapó, tal vez del asilo Davnier, y está en la quinta con doce, procederé a llevarla a la estación para poderla interrogar con más detenimiento y regresarla al hospital psiquiátrico o con sus familiares. Mientras tanto podrían buscar alguna información de alguna paciente que se escapara.

—¡Recibido, Watson! Sí. Cuidado —Porque Watson era el apellido de la oficial al frente de la mujer.

—¿Regresar? —habló la mujer al escuchar a la oficial.

De inmediato cientos de recuerdos se arremolinaron en su mente igual que una tormenta huracanada. Recordó una serie de eventos donde iba creciendo al interior de un laboratorio con muchas personas iguales. Recordó con especial detalle como gritaba y halaba el cabello con desespero por encontrarse en ese lugar ominoso. En su mente se reprodujeron, como una vieja cinta de VHS, los muchos castigos y traumas, sometida a tortuosos experimentos físicos. En aquel momento un recuerdo se antepuso a otros: viajaba en un camión, amarrada con un arnés, mismo vehículo que tiempo después sufrió un accidente, pero gracias al suceso, consiguió escapar.

Y su rostro se torció en un gesto de inquietud.

La oficial al verla con ese gesto, entró en pavor. Acercó su mano derecha a la pistola, de manera parsimoniosa.

—¡No! no regresaré —continuó la mujer.

—Señorita… debo pedirle que se tranquilice.

—Nunca regresaré —los ojos de la mujer empezaron a emitir un fuerte brillo, antinatural. Enfocó el rostro de la oficial mientras fruncia el entrecejo—. ¡Amplificación de campo al dos por ciento!

—¿Qué diablos? —habló la oficial, que tomó la radio e intentó hablar en tanto sentía como su voluntad terminaba sometida—: Central, aquí Watson, envíen refuerzos… ¡Cara…! —finalizó con dolor mientras sufría espasmos brutales. Para después regresar a la normalidad.

—¡No regresaré!

—No… No regresarás —confirmó la oficial con una sonrisa de mucha dulzura.

La mujer se quedó, petrificada, detallando a la oficial. Sonrió con una inocencia opresiva. Al notar que la oficial cesó sus intentos de regresar, se tranquilizó y continuó comiéndose el hotdog.

Más pronto que tarde arriban dos patrullas.

—¿Watson? —preguntó un oficial que acababa de descender del vehículo, observando la escena con incredulidad.

—Protégeme —indicó la mujer a espaldas de Watson.

—Sí. te protegeré.

Watson desenfundó la pistola y empezó a dispararle a los policías. Durante el intercambio de disparos cayeron dos heridos.

—¡Mierda! Me duele —gritó uno de los oficiales—. Ay.

—¡Ignoren el dolor! —ordenó la mujer.

Y ambos policías se levantaros del suelo, sin importar el daño o la sangre que emanaba de sus heridas.

—¡Amplificación de campo al cinco por ciento! —habló la mujer, quien continuó—: Protéjanme.

Con esa orden, varios civiles, cerca del lugar, empezaron a rodearla igual que una antigua formación tortuga romana.

Los oficiales que estaban sin heridas, observaron la escena: como las personas del pueblo empezaron a rodear a la mujer, y uno de ellos refiere:

—¡¿Qué carajos?!

****

Un grupo de hombres vestidos de negro, gabanes y sombreros al mejor estilo de una vestimenta de sepelio de los años 80s, estaban en el área donde se volcó un camión blindado de transportes, mientras analizan lo sucedido uno de ellos habló:

—Ni rastros del sujeto de pruebas F02.

—Escapó…

—Ciertamente.

Observaron un rastro de pisadas que se perdía en el monte al costado de la vía.

Uno de ellos, de bigote mostacho y sombrero de ala corta habla por celular:

—Señora Ricci, lamentó darle malas noticias, pero el espécimen escapó.

—¡¿Cómo que escapó?! —se escuchaba molesta.

—Supongo que no pudo ir demasiado lejos. Su mente es apenas la de una niña.

—Cierto, pero sí los medios se dan cuenta de esto, antes que podamos manejarlo, se volverá un escándalo. No podemos permitir que las personas se enteren de lo que hacemos ¡Encuéntrenlo! ¡Ya!

—Lo haremos.

****

En la sede central de la megacorporación biotecnológica Aster, Leonora Ricci avanzaba por un corredor de paredes negras y luz mortecina, sosteniendo sus documentos como si fueran una ofrenda. Cada paso resonaba con un eco hueco, demasiado largo, demasiado consciente. No era una sala de juntas lo que la esperaba, sino algo más antiguo… y más peligroso.

La puerta se cerró tras ella sin emitir sonido.

La habitación estaba sumida en penumbra. Nueve pantallas flotaban suspendidas en la oscuridad, alineadas como un altar digital. En cada una, apenas discernibles, se recortaban siluetas humanas sin rasgos, marcadas únicamente por una numeración blanca y fría: 01 al 09. No había nombres. Nunca los había.

Una voz emergió primero, grave, desprovista de emoción:

—Tuvimos… mala fortuna con el microchip de control.

Un silencio espeso se asentó en la sala, casi físico.

Entonces habló 01, su tono era suave, peligrosamente calmo, como el de un sacerdote corrigiendo a una creyente descarriada:

—Obviamente tuvieron problemas con el microchip, señorita Ricci.

Porque de lo contrario, el espécimen ya estaría bajo control.

¿O me equivoco?

Leonora inclinó apenas la cabeza.

—No, señor.

Otra voz se alzó, más áspera, cortante como una sentencia tallada en piedra:

—La ineptitud no es una variable que contemplemos —dijo 02—. Es una falta.

Las pantallas parecieron oscurecerse aún más.

Las siluetas comenzaron a hablar, no una tras otra, sino como un murmullo coral, un consenso sin discusión. Se dictó el veredicto: F02 debía ser recuperada a cualquier costo. No podían permitirse otro vacío, otro error como el del espécimen H05, cuya desaparición seguía siendo una cicatriz abierta en los archivos clasificados.

—Está autorizada a desplegar otros especímenes —dictaminó una de las voces—.

—Los que considere necesarios —añadió otra—.

—Pero hágalo pronto —concluyó 01, con una serenidad aterradora—.

Antes de que debamos… reemplazarla.

Leonora sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—El gobierno —continuó la voz— y los medios no serán un problema.

Nosotros nos ocuparemos de que la verdad permanezca… como siempre ha estado. Oculta.

La habitación quedó en silencio.

Las pantallas se apagaron una a una, como velas extinguidas tras un conjuro. Leonora permaneció inmóvil unos segundos más, consciente de que acababa de recibir una orden… y una advertencia.

En Aster, el fracaso no se castigaba. Se borraba.

****

El automóvil negro avanzaba por la carretera como un depredador nocturno. Las luces del tablero eran las únicas estrellas visibles en la cabina. Afuera, la noche se deslizaba espesa, sin promesas.

Dentro viajaban dos hombres.

Uno llevaba un gabán oscuro y un bigote pasado de moda; el tipo de rostro que había visto demasiadas cosas como para sorprenderse de cualquier asunto.

El otro era nuevo. Demasiado nuevo.

—¿Qué hace ese espécimen? —preguntó el novato, rompiendo el silencio.

El del bigote no apartó la vista del asfalto.

—F02 tienen la capacidad de interferir con la amígdala y estructuras cerebrales aledañas —dijo—. No te obliga a obedecer… te convence de que fue tu idea. Reescribe decisiones. Borra el miedo.

—Increíble…

—Perturbador —corrigió—. Puede apagar el instinto de autoconservación. Eso no es un poder. Es una sentencia. Si caes bajo su control, podría obligarte a saltar al vacío y hacerte pensar que fue tu maldita decisión…

El novato tragó saliva.

—¿Y cómo lo hace?

—Contacto físico, al principio. Pero también tiene un campo de amplificación. Ondas mentales. Alcance limitado. Tiempo limitado. Nada es gratis.

—¿Como telepatía?

El hombre sonrió apenas.

—Más sucio que eso. Para sostenerlo necesita energía. Mucha.

—¿Qué clase de energía?

—Eh… ¿Pues de dónde sacan energía los seres humanos?

El silencio volvió a instalarse. Respuesta obvia: de la comida.

—Hubo un sujeto de pruebas —dijo en voz baja el hombre del bigote—. F01. No solo leía o alteraba mentes… reescribía la conciencia.

Los ojos del novato se abrieron, colmados de terror puro.

—¿Qué quieres decir?

—Que podía reconstruirte por completo. Quién eres, qué recuerdas, qué crees ser. Podrías sentarte frente a un psicoanalista y todo encajaría a la perfección. Sin fisuras. Sin contradicciones —hizo una breve pausa—. En Aster no crearon armas… crearon monstruos humanos.

—Armas… —murmuró el novato.

—No solo eso —corrigió—. Alguna vez escuché a varios científicos hablar de que los especímenes formaban parte de un proyecto mayor. Algo diseñado para enfrentar… otra cosa.

—¿Un mal mayor?

—No lo sé —admitió—. Nunca lo dijeron en voz alta.

El novato tragó saliva.

—Entiendo. Y… volviendo a F01, ¿qué le sucedió?

—Murió —respondió—. Era una mujer.

Hizo una pausa, lo suficiente para que la idea terminara de asentarse.

—Tuvo una hija. F02.

—F02 es hija de F01.

—Sí, y…

Antes de conseguir terminar de hablar, un helicóptero de la policía cortó el cielo. Un segundo después, desapareció del cielo y una explosión iluminó el horizonte.

—¿Qué carajos fue eso? —murmuró el novato.

El del gabán frenó el vehículo suavemente y entornó los ojos.

—Parece que encontramos a nuestra chica.

Se apostaron a distancia, observando el pueblo desde una colina.

Abajo, las luces parpadeaban con frenetismo.

Ahí estaba ella.

Cabello plateado. Piel pálida. Ojos demasiado tranquilos para el caos que la rodeaba.

Personas alineadas a su alrededor. Policías incluidos. No un ejército… algo peor: voluntades prestadas.

—Se adueñó del pueblo —dijo el novato—. Todo el maldito pueblo.

El hombre del bigote sacó el teléfono.

—La encontramos.

—Nosotros también —respondió Ricci, sin emoción.

En la sede de Aster, una pantalla mostraba una transmisión aérea hecha por un helicóptero de Aster: la población moviéndose como una sola cosa.

—Maldita situación de mierda… —Ricci escupió al suelo.

—¿Qué hacemos? —preguntó una colaboradora, inquieta ante el escupitajo de la mujer.

—Diremos que están filmando una película. Supongo —respondió—. Pongan en marcha a H05. La recuperaremos como sea.

De vuelta en la carretera, el helicóptero de la corporación Aster descendió.

De él emergió un hombre de cabello plateado, igual de pálido. Demasiado parecido a la mujer.

—¿Quién es ese? —preguntó el novato.

—H05.

—¿El que poderes tiene…?

—Telequinesis —dijo el del gabán—. Mueve objetos con la mente. Demasiado poderoso ese cabrón hijo de perra.

El novato soltó una risa nerviosa.

—Telepatía contra telequinesis. Esto parece una película de superhéroes.

—Morirá gente —respondió el otro—. Demasiada.

—Como en las películas de superhéroes…

El hombre frunció el ceño.

****

Desde el horizonte, un helicóptero de la megacorporación Aster se aproximaba.

La vibración de sus aspas resonaba como una sentencia de muerte en el aire denso del anochecer.

La mujer lo sintió antes de verlo.

Su mente, ya debilitada, captó la presencia del espécimen H05.

Y ahí estaba él, descendiendo del helicóptero. La frialdad en su rostro contrastaba con su juventud excesiva y con el caos que se arremolinaba a su alrededor. Con un simple gesto de la mano, los autos cercanos comenzaron a elevarse del suelo.

—Mierda… —murmuró F02, comprendiendo lo que estaba a punto de desatarse.

Los automóviles volaron como balas de cañón.

F02 se desplazó con rapidez antinatural, esquivando impactos mientras mantenía su control. A su alrededor, las personas sometidas avanzaban sin voluntad, siendo aplastadas o despedazadas. Con un gesto casi imperceptible, ella envió a varios de ellos contra H05, aun sabiendo que serían triturados por su telequinesis antes de alcanzarlo.

Entonces H05 hizo algo más.

Sin pensarlo, tomó el helicóptero de Aster con su mente y lo arrojó como un proyectil contra ella. La multitud controlada la empujó fuera de la trayectoria segundos antes del impacto. La aeronave estalló contra el pavimento en una explosión ensordecedora.

Una delgada línea roja apareció bajo la nariz de H05.

—Batalla de aguante —dijo F02, esbozando una sonrisa cansada.

La calle se convirtió en un infierno.

Una secuencia de detonaciones rasgó el asfalto como una dentadura cerrándose sobre carne. Los autos fueron arrancados del suelo, giraron en espirales torpes y se aplastaron unos contra otros. El pavimento se abrió en grietas irregulares. El metal chilló. El vidrio llovió como metralla.

Los cuerpos se arremolinaban alrededor de la muchacha, formando un escudo de carne.

Los gritos quedaban atrapados en gargantas desgarradas, ahogados por el estruendo. Nadie escuchaba a nadie. Nadie decidía. El caos no pedía permiso.

Avanzaban obedeciendo órdenes que no eran propias.

Ojos apagados. Pupilas dilatadas hasta devorar el blanco. Mandíbulas apretadas al punto de crujir. Algunos sangraban sin notarlo. Otros empuñaban armas sin recordar cuándo habían decidido hacerlo.

No era un ejército. Era una masa sin voluntad. Un reflejo deformado de la obediencia.

H05 respondió con violencia creciente.

Los postes se doblaron como espinas dorsales. Fachadas enteras se desprendieron y salieron despedidas contra la multitud. Cuerpos impactaron muros, autos, otros cuerpos. El mundo parecía arquearse bajo su poder, como si la gravedad hubiera olvidado su función.

Entonces la sangre brotó. Espesa. Oscura. Violenta. Le corrió por los labios, el mentón, goteando sobre el suelo.

Sus piernas flaquearon. Sus manos temblaron. Pero siguió empujando. Siempre empujaba. Hasta romperse.

F02 cayó de rodillas, jadeando. El control se le escapaba como arena entre los dedos.

—Comida —dijo, con la voz rasgada—. Tráiganme comida.

No era un pedido. Era supervivencia.

Un civil le acercó algo envuelto en papel manchado de sangre. Ella comió sin mirar, con desesperación animal, mientras los cuerpos se acumulaban a su alrededor en posiciones imposibles.

El humo los envolvió como una mortaja espesa cuando, por un instante improbable, el infierno aflojó su garra.

Se vieron. Dos figuras rotas en medio del desastre. Dos productos del mismo laboratorio. Dos armas que nunca eligieron dispararse.

Las armas no matan. Matan las personas. Sus decisiones. Sus consecuencias.

—¿Por qué te dejas usar? —preguntó ella, exhausta pero firme—. ¿Por qué obedeces?

H05 levantó la cabeza con esfuerzo. Su rostro estaba cubierto de sangre y polvo. Apenas podía enfocar.

—Nacimos para esto —dijo, jadeante, como quien repite una plegaria aprendida a golpes.

Ella negó lentamente.

—No —respondió—. No nacimos para ser armas.

El silencio que siguió fue breve… y devastador.

Ambos cayeron casi al mismo tiempo. Cuerpos pesados. Marionetas sin hilos.

—Yo… yo no quiero morir —lloró H05—.

Solo quiero jugar… compartir con otros niños.

****

Ambos hombres observaban la escena.

—Es ahora —susurró el novato, con la respiración agitada—. La tomamos. La entregamos. Terminamos esto.

Avanzó con frenetismo.

—¡Detente!

No pudo detenerlo.

Ella, aún en el suelo, apenas lo rozó con los dedos.

El mundo del novato se congeló.

Sus músculos se tensaron. Sus pulmones siguieron respirando, pero el cuerpo ya no respondía.

—¿Q-qué…? —balbuceó—. No puedo moverme.

Ella se inclinó hacia él. No había furia en su rostro. Solo agotamiento. Tal vez compasión. Acercó los labios a su oído y susurró una palabra: Una orden tan suave que parecía haber estado siempre ahí.

—Salta.

—Tú no puedes… —intentó decir.

Pero sus piernas ya no le pertenecían.

Corrió.

Corrió sin gritar, sin dudar, con la obediencia perfecta de quien cree que aún elige. Sus botas golpearon el asfalto una última vez antes de perder contacto con el mundo.

Y desapareció en la oscuridad, devorado por el vacío.

El hombre del gabán observó el abismo en silencio. Sacó un cigarrillo. Lo encendió. No lo fumó. El humo se disipó antes de tocarle el rostro.

—Siempre es así… —murmuró—. Los nuevos nunca creen que el infierno tenga protocolo.

Se acercó hasta ambos.

—¿T-Tú también…? —preguntó la muchacha.

—¿Yo qué? —sacó una pistola de dardos y disparó en la espalda de H05… y en la clavícula de la muchacha.

****

Minutos después, ambos viajaban en un automóvil, alejándose del caos que habían dejado atrás.

En la radio del coche se escuchaba una canción:

“Summ, summ, summ. Bienchen summ herum! Ei, wir tun dir nichts zu leide. Flieg nur aus in Wald und Heide. Summ, summ, summ. Bienchen summ herum!”.

—Esa canción…

La mujer, aturdida, abrió los ojos lentamente. Miró al hombre que la acompañaba.

—¿Q-Quién eres? —preguntó con voz adormecida.

El hombre se quitó el sombrero y sonrió.

—Sí, realmente no sabes quién soy —dijo con tono suave y casi paternal.

La mujer lo observó detenidamente, sintiendo una conexión inexplicable con él. Algo profundo en su mente se activó, una emoción enterrada durante mucho tiempo emergió, pero posible gracias a sus capacidades cognoscitivas superiores.

—Quince años —respondió él, mirándola con una mezcla de orgullo y tristeza—. Me costó quince años llevar a cabo este plan, desde que naciste, arrancada del vientre de tu madre. Maldición. Estuve esperando. Conseguir que cada pieza encajara perfectamente. Ahora, por fin, estamos juntos.

—Padre… —susurró, con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí.

Hubo un silencio que resultó más bullicioso que cualquier ruido.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó quebrando ese silencio, todavía mareada y confusa.

—Compré un rancho en las montañas. Viviremos sin preocupaciones, lejos de todo esto —respondió.

El coche se perdió en la distancia, dejando atrás el caos, la sangre y la destrucción.

****

Ricci ingresó en una sala descomunal, rodeada por múltiples puertas blindadas incrustadas en muros de acero negro. El aire era frío, quirúrgico, cargado de un zumbido constante.

Dentro, cientos de niños flotaban suspendidos en cápsulas de cristal, inmóviles, cubiertos apenas por vendas traslúcidas. Tubos y mangueras emergían de sus cuerpos como raíces artificiales, penetrando brazos, cuellos y columnas vertebrales. Cada conducto convergía hacia una única estructura central. Que Ricci recorrió con la mirada.

Una cápsula mayor.

Ahí dentro… algo respiraba.

No tenía una forma definida. Era un amasijo de carne y conciencia. Cientos de ojos se abrían y cerraban sin sincronía, observando en todas direcciones a la vez. Incontables bocas murmuraban sonidos húmedos, plegarias sin idioma, lamentos que no eran humanos.

De su masa brotaban alas deformes, demasiado grandes, demasiado blancas, inútiles para volar. No eran alas de ángel, sino la parodia biológica de una iconografía sagrada.

Una aberración cósmica.

Ricci contuvo la respiración.

Mientras ese ser existiera —conectado, alimentado, despierto—, Aster podría continuar.

Podrían seguir experimentando.

Podrían seguir creando… Mientras tuvieran a su “dios”.

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